¿Puede tratarse la adicción como enfermedad?
Las neurociencias, la bioquímica, el trabajo en los laboratorios ha puesto a la vista lo que ocurre en el cerebro cuando se consume alguna sustancia capaz de provocar estados de bienestar artificiales, inmediatos, y que a su vez inducen disfunciones o funcionamientos alterados en algunas actividades de los centros nerviosos que se alojan fundamentalmente en la cavidad craneal. La explicación especifica que la presencia de estas sustancias inhibe paulatinamente su producción normal, y, en consecuencia, va provocando que se incremente la demanda del agente externo capaz de generar artificialmente esa sensación tan necesaria para la vida humana, que se vincula en forma inextricable con el deseo de vivir.
Desde la perspectiva positivista del organicismo, la sociedad es concebida, según lo indica el nombre de esta corriente, como un organismo cuyo funcionamiento refleja el estado de salud de los grupos humanos que constituyen las sociedades analizadas.
En el caso de las adicciones, estas son asumidas como “enfermedad”, en la medida en que alteran el equilibrio del “organismo”.
Esa óptica estudia los efectos de un consumo específico como causa patógena involucrada con la modificación fisiológica de la acción cerebral, sobre todo en lo tocante, por un lado, a la capacidad de generar bienestar en forma natural, y, por el otro, a la capacidad para aprender, así como para tener una estabilidad emocional, entre los temas centrales.
Este ángulo o punto de vista pone un énfasis especial en el aspecto de la “salud”, a partir de una acepción que privilegia un ideal ajeno a causas que no puedan contrastarse o medirse en el laboratorio. Es decir, parece dejar un poco de lado el origen o los factores que impulsan la adopción de hábitos que buscan en el exterior lo que no puede aportarse por una vía de la química individual de cada cerebro en su circunstancia personal.
El tema cobra relevancia en nuestros días porque está relacionado con un incremento alarmante en el consumo de esas sustancias: desde el tabaco hasta los compuestos químicos letales que se distribuyen entre los sectores más frágiles y desprotegidos de la población, los menores de edad, cuya circunstancia ha ido modificándose en el mundo en términos tanto de identidad como de entorno afectivo. Sin embargo, no se habla de responsabilidad, o solo se menciona que debe cuidarse, vigilarse y prevenir para que no se consuman las sustancias a una edad temprana. Este punto de vista parece, al menos, reducir el problema a un asunto de posponer el primer acceso hasta una especie de mayoría de edad, para neutralizar el efecto adictivo.
